“Toda la educación de las mujeres ha de hacer referencia a los hombres. Complacerlos, serles útiles, hacerse querer y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, entenderlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce; éstos son los deberes de las mujeres en todas las épocas y lo que se les ha de enseñar desde su infancia”.
Y en el siglo XIX, pensadores de la talla de Schopenhauer o Nietzsche hacen afirmaciones como las que siguen:
- Schopenhauer: “¿Qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en todo el mundo no ha podido producir este sexo un solo genio verdaderamente grande, ni una obra compleja y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero? [...] Tomadas en su conjunto, las mujeres son y serán las nulidades más cabales e incurables”.
- Nietzsche: “La felicidad del hombre es: yo quiero. La felicidad de la mujer es: él quiere.”
A lo largo de la historia, a cada sexo se le han asociado unos roles sociales y unas pautas de comportamiento diferentes. Al conjunto de estos elementos es a lo que se ha denominado género. A diferencia del sexo -que depende exclusivamente de la biología-, el género es una construcción social y cultural que cambia en el espacio y en el tiempo y que puede ser modificada.
Tradicionalmente, la mujer ha sido considerada un ser inferior que no ha tenido reconocidos sus derechos. A lo largo de la historia, ha sido la mujer la que ha estado discriminada y subordinada, la que no ha tenido acceso a la educación, la que ha tenido su papel reservado en exclusiva al ámbito de lo privado y a la que se le valoraba el ser sumisa, obediente y sensible. En cambio, esa misma tradición, ha reconocido siempre a los hombres sus derechos, les ha posibilitado el acceso a la educación y a la cultura, les ha concedido el protagonismo en el ámbito de lo público y les ha valorado el ser activos, decididos e inteligentes.
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